sábado, 30 de agosto de 2008

Dolor


Imagina: martillea con cronometrada regularidad entre tus dientes, como un punzón tratando de alcanzar el fondo de tu mandíbula; se desparrama sobre tu coronilla con golpes sordos, fraguando un casco de bordes cortantes hincados en tu cráneo a la altura de las sienes; sacude y a un tiempo retuerce, con la fuerza de un puño invisible, la masa sinuosa que se anuda en la profundidad de tu ombligo. Ha entrado en escena el dolor. No es el Gran Dolor, sino el dolor trivial en sus orígenes, el común de causas controladas, desnudado por ello del miedo, y aun así paralizante en el compás de espera requerido por la magia de la química, en su puntual resistencia a sus efectos salvíficos.

Mírate. ¿Qué ves? Nada más que un animal diminuto clavado con alfileres al instante poderoso de su carne doliente. Una lengua que gime, un tronco que se inclina y se abraza, piernas queriendo encogerse o ya encogidas, ojos ciegos bajo los párpados semicerrados. Ves un cuerpo que rompe el silencio apacible de su funcionalidad armoniosa e impone con un rugido inaudible su presencia orgánica descabalada, su realidad física en desorden. Una presencia, de repente siniestra no tanto por su alteración como por su acostumbrado sigilo, que ni la más alta nota entonada por fibras y tejidos en los variados registros del placer consiente en revelar con tal feroz intensidad. Pues no es en el canto efímero del espasmo extasiado, sino en el tiempo dilatado del dolor, en el lamento mudo y sostenido de sus entrañas, donde habla con propiedad el cuerpo acallando de palabras tu boca.

Hundido en ese cuerpo, un remedo de conciencia pugna en vano por desplegarse hacia afuera y superar los límites internos de su piel. Pruebas y descartas la opción ineficaz del estímulo externo. También la más codiciada, la del fundido en negro del sueño, impracticable frente a ese enorme enemigo. Quizá encuentres unas gotas de alivio en tus pensamientos, te dices, de anestesia en la recreación de imágenes familiares, de fantasías hermosas, o simplemente de rostros queridos. Pero el engranaje de tus neuronas apenas consigue forzar un leve movimiento para acabar deteniéndose en seco y verse devuelto una y otra vez al latir implacable de músculos y nervios.

El dolor te ocupa sin resquicios. Como un verdugo espectral mutilado de culpa, ejerce impasible su dominio y doblega tu rechazo, tus inútiles intentos de evasión. Bajo su imperio, el mundo entero, sus objetos y habitantes, se sumen sin remedio en la oscuridad. Y con el mundo, el abanico completo de tus deseos, reducido a una única varilla tendida con desesperación hacia la ansiada desaparición del dolor. Porque sólo entonces serás de nuevo algo más que un animal diminuto encerrado en un cuerpo quejoso. Porque sólo entonces se te brindarán de nuevo los afanes, los proyectos, los anhelos sustraídos tras las rejas de esta cárcel de órganos y miembros parlantes. Pero ahora no eres más que dolor. Dolor capaz de tranformar tales certidumbres de futuro, sólidamente avaladas por tu más íntima experiencia, en meras hipótesis de imprevisible cumplimiento. Dolor que porta de su mano la sensación opaca de impotencia ante la fragilidad de tu carne. El descubrimiento mil veces sobrevenido y mil veces desdibujado de la arquitectura endeble del armazón de tu existencia. La maldición no pronunciada por la vulnerabilidad de la materia corruptible que la apuntala. Por la condena de la expulsión del paraíso. Por la prueba irrefutable, depositada con malicia en el dolor, de que la vida anudada a la materia potencialmente doliente se halla siempre al borde de lo invivible.

Acabará cediendo el dolor y tú dormirás el sueño agradecido de tu imaginaria victoria. Y al despertar, el silencio recobrado de tu cuerpo propiciará su olvido, para que el mundo entero, antes sumido en la oscuridad, renazca brillante ante tus ojos. Un brillo que apenas durará lo que el fugaz recuerdo, de antemano ensombrecido y mentiroso, del dolor sufrido.

31 comentarios:

Mityu dijo...

Mi querida, querida Antígona:
Nuestro mundo aparente ya ha dividido también esas zonas de dolor carnal, trivial, inmediato, según en qué parte de la tierra te muevas. Ahora nuestros dolores no pueden ser más que grandes y breves. Un arsenal nos proporciona la languidez y anonadamiento necesarios para que el sufrimiento no nos haga encanecer prematuramente, ni demacrar nuestros rostros, ni asomar arrugas fruto del encogimiento del dolor, de la privación del alivio.
A veces, ni cuando se ha convertido en crónico, tremendo e irreversible luchamos arrastrados por el dolor.
Otras veces sí. El momento supremo aviva sin compasión la conciencia, obligándote a mirar fíjamente cómo el dolor te transmuta en otra cosa. Otra cosa...
Tal vez en esta parte del mundo no estamos tan lejos de empezar a recibir nuestra dosis de soma diaria...
¿Qué elegirías tú, amiga mía?
Besos, enfáticos, agradecidos, humildes

Arcángel Mirón dijo...

¿Será que el dolor es una prueba de fuego, para conquistar no sé qué cosa? Filosóficamente hablando, claro.
Porque en la realidad, cuando duele, poco importa para qué. Importa que duele, importa ese instante que a veces dura años.

Te recomiendo el libro "Elena sabe", de Claudia Piñeiro. Ahí hay dolor. De todo tipo.

Antígona dijo...

Así es, querida Mityu, la experiencia del dolor es histórica. Habría que imaginarse el dolor de los caídos en los campos de batalla cuando aún no existía la Cruz Roja ni, por tanto, nadie que los aliviara en sus últimos sufrimientos; o simplemente una migraña cuando aún no existían los analgésicos. Y en los tiempos que corren histórica significa también, por desgracia, geográfica. Hasta ese punto llega la injusticia, que administra el dolor en proporción a la riqueza y condena a los grandes desheredados a un sufrimiento que podría evitarse. Lo que para nosotros es un dolor intenso pero en el fondo despreocupado –el arsenal hará tarde o temprano efecto, o el arsenal puede siempre ampliarse- puede ser para otros, que habitan este mismo momento, una auténtica tortura dominada por la angustia.

Lo cierto es que no quería en el post centrarme en otro aspecto del dolor que no fuera meramente el de nuestra experiencia, tal vez la de un dolor en parte domesticado, y en concreto en ese repentino asomar del cuerpo que hace que el mundo se hunda a nuestro alrededor y en cierta medida nos reduce a la condición del animal herido. Pero hay cuestiones, en efecto, de mayor calado que podrían plantearse en relación a este tema. Entre otras, la del sentido que atribuimos al dolor -¿castigo?, ¿prueba?- y también, como tú misma propones, la de su enfrentamiento y reconversión en mecanismo de superación. Porque tal vez sea cierto que, en el momento en que no queda más remedio que afrontarlo, el animal herido pueda acabar transformándose en otra cosa que ya nada de animal tendría y sí mucho de humano en su concepto más elevado. Una idea que en nuestra cultura, y desde una perspectiva religiosa, habría venido a atestiguarse en la mística.

En cuanto al soma diario, me parecen en principio más peligrosos los que tratan de curar el alma que los que pretenden aliviar el cuerpo. Pero ni tan siquiera. Porque hay tantos mecanismos de anestesia vital que nada tienen que ver con la química administrada que ésta, a su lado, me resulta un recurso casi inocente. Tales somas, me temo, son los peores, los que matan en vida sin apenas conciencia de la muerte que representan. De esos, hay que intentar cobrar conciencia y huir como de la peste.

Me alegro de verte de nuevo por aquí, Mityu.

¡Besos de bienvenida, tan enfáticos como siempre!

Antígona dijo...

Pudiera ser, Arcángel, pudiera ser. ¿No dicen aquello de que “lo que no te mata, te nutre”? Sin embargo, no creo que sea casual el plantearse este pregunta en una cultura cristiana como la nuestra, una cultura que proclama que este mundo es un valle de lágrimas y exalta el sacrificio y el sufrimiento como vías de salvación.

Pero sea lo que fuere, tal vez esa pregunta que planteas no sea más que el signo de nuestra incesante búsqueda de sentido para todo aquello que nos acaece. Una búsqueda de la que, obviamente, tampoco puede estar excluida la amarga experiencia del dolor. Sólo que en eso consiste nuestra condición humana: en inventar significados incluso donde parece imposible encontrarlos.

Te agradezco la recomendación, Arcángel. Ya recomendaste en tu blog un libro de esta autora, si no recuerdo mal, y creo que ya es hora de que me haga con alguna de sus obras.

¡Un beso!

dErsu_ dijo...

El dolor es un demonio. Armenio, si queremos precisar más. http://www.quadernscrema.com/qresnovi.php?var=87009&idioma=cat

troyana dijo...

Hay "dolores" que nos persiguen de por vida,son directamente proporcionales al grado de entrega que hayamos experimentado por ejemplo en relaciones truncadas, y no sólamente aquellas relaciones donde podría hablarse de amor cortés o romántico sino también aquellas otras en las que nos volcamos por un tiempo con un sentimiento más desinteresado y fraterno y por una razón u otra se extinguieron.Todos estos finales se llevaron parte de lo que fuimos y con el paso del tiempo estas pérdidas se transforman en un dolor lánguido y tolerable que se confunde con nostalgia.Hay dolores que se visten de culpa y se incrustan a la piel como escamas,hay dolores que se parapetan tras el miedo y dolores que se ocultan tras el rencor y se alimentan de furia y tristeza.Hay dolores profundos que arrastramos de la infancia o la adolescencia, y también hay un dolor demoledor tras la pérdida definitiva de un ser querido y su tiempo de duelo.Hay tantos dolores como personas, porque el dolor es inherente a la condición humana, y por tanto es inhumano ignorarlo o darle la espalda.Hay quienes huyen de la pena como del mismísimo diablo,anestesiando la memoria o evadiéndose en el ocio o en el trabajo,pero el dolor forma parte del juego,y es inútil evadirlo porque tarde o temprano te acaba asaltando.De ahí que en ocasiones sea lo más sensato concederle su tiempo,porque cada dolor lleva un propio proceso y requiere mayor o menor tiempo para macerarlo.
Después,depende de cada un@,extraer su lección,dar dos o más pasos hacia atrás para tomar impulso y seguir y toparnos con los próximos gozos y también con las próximas sombras.Entre otras cosas,porque no hay otra...
Un abrazo!

NoSurrender dijo...

El dolor es la vida, doctora Antígona. No me gustaría parecer católico, pero la existencia del dolor es consustancial a la experiencia de respirar. Desde que nos arrojan fuera del líquido amniótico todos nuestros sentidos nos muestran dolor. Eso sí, en distintos grados.

Cuando Rutger Hauer se clava un hierro en la inigualable secuencia final de Blade Runner, está buscando el dolor como prueba de que aún le queda vida. Porque el dolor le es leal. Está ahí y le dice que su piel es suya y que su carne le pertenece. Eso sí, fuera de estos extremos, yo adoro el Ibuprofeno. La paz abestiada que sucede al espasmo del dolor es un éxtasis.

Escribe usted muy bien, doctora Antígona. Ha conseguido sugestionarme. Me poso a sus pies proustianos.

Besos sentidos, doctora Antígona!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Qué es lo que te duele exactamente?????????? Te he leido y me han entrado ganas de ir corriendo a salvarte... Me sonó a dolor de muelas, porque sólo ese dolor pudo sacarme varios textos en días pasados parecidos... El dolor de alma, ese saca varios todas las semanas.....
El dolor es ese barómetro interno que nos indica que algo va mal, y que ha llegado porque nosotros lo hemos provocado consciente, o inconscientemente, la mayoría de las veces. Es una parada, a la fuerza, una revisión de de chasis y mente, y un seguir adelante, y redireccionar la nave.. No se, me recordó mucho al post de Errar... aquí cada uno con sus paralelismos...
Te dejo un besazo fuerte, y sí, el dolor está excelentemente descrito... Una vez mas, te sales, nena.

Margot dijo...

Pues me temo que es eso, el dolor físico nos recuerda que estamos vivos pero también la fragilidad de nuestro envoltorio. El umbral del dolor varia de una persona a otra pero lo curioso es que nadie pueda medir un dolor que no sea el propio. Hay mucho de subjetivo en el dolor, para empezar la dificultad que tenemos la mayor parte de las veces para expresarlo con brevedad y acierto...

Y lo mejor, sin duda, cuando cesa, ummmmm.

Besos placenteros, ni miajita de doló!

Antígona dijo...

Muy interesante tu propuesta del libro de Argullol, Dersu, que, por la información que acabo de encontrar por la red, parece conecta totalmente con lo que había querido plantear en el post: la vida hecha invivible cuando aparece el dolor, cuando el cuerpo se impone con su presencia doliente para transformar el día a día en un auténtico infierno. Aunque tal vez decir todo esto sea demasiado apresurado sin haber leído el libro. En cualquier caso, en extremo sugerente esa identificación del dolor con el demonio Davalú.

¡Un beso!

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Troyana, pese a que el post sólo quería abordar la cuestión más concreta del dolor físico, haces una excelente exposición de la gran variedad de esos otros dolores, los del alma, que sin ir necesariamente asociados al cuerpo nunca dejan de afectarlo y de manifestarse a través de él cuando se vuelven especialmente intensos. Porque cuando el corazón duele por una pena inmensa, o por una decepción abrumadora, también el pecho duele, literalmente, y el cuerpo entero puede doler por la ausencia de la persona querida.

A todo ese recuento expositivo que haces, y que daría para muchos post, no creo que haga falta por el momento añadir nada. Sólo diré que nada más cierto que el dolor, tanto el físico como el anímico o espiritual, son intrínsecos a la condición humana. Muy bien lo narran las palabras del Génesis en lo relativo a lo físico en la condena a Eva de “parirás con dolor”. Sólo el paraíso podía ser el lugar en que el dolor, el sufrimiento, la degeneración física, la enfermedad, estuvieran de antemano descartadas. Y no es el paraíso nuestro lugar, ni lo fue nunca. En cuanto a los dolores del alma, supongo que, de la misma manera que el cese del dolor del cuerpo depende en principio de su curación, de la restauración del equilibrio orgánico perdido cuando ésta es posible, también para el alma se impone cierto principio curativo. Sólo que, en el caso del alma, tal curación no es posible sin enfrentarse al dolor –el cuerpo cura sin embargo también bajo los efectos de los analgésicos-, ni tampoco sin ese elemento fundamental que es el paso del tiempo, imprescindible para la cicatrización de cualquier herida, sea ésta de la carne o del espíritu. En el terreno del alma cualquier forma de anestesia o de evasión suele conducir, como bien apuntas, a la postergación de un duelo que es necesario atravesar para que ciertas heridas puedan dejar de sangrar definitivamente y acaben convertidas en cicatrices indoloras, o de ésas que sólo duelen los días de lluvia.

Complejo, y mucho, ese tema de los dolores del alma. Gracias, Troyana, por haberlo traído aquí al hilo de este post.

¡Un beso y un abrazo!

Antígona dijo...

Permítame, doctor Lagarto, que esta vez me muestre en desacuerdo con usted, al menos parcialmente. Porque, en efecto, como le decía Troyana, sí creo que es una verdad palmaria que a nuestra vida humana le es consustancial la experiencia del dolor. Desde el momento mismo de nuestro nacimiento, como usted apunta, que viene ya marcado por un despertar de las sensaciones, del funcionamiento del cuerpo, que, en comparación con la calidez del útero materno, sólo puede ser un acontecimiento doloroso. Pero mi respirar ya no es doliente a no ser que alguien o algo oprima mi pecho. Es más, mi respirar debe ser más bien algo que me pase desapercibido –que el cuerpo calle- para que yo pueda proyectar mi gozo y, por qué no, también mi dolor anímico, fuera de mí. Y agradeceré cada respiración fundamentalmente cuando el placer y la alegría hinchen mis pulmones, pero no cuando mi respiración trivial se convierta en un acto doloroso. Por ello, que el hecho de experimentar dolor sea prueba evidente de que estamos vivos, que sea inherente a nuestra condición corpórea y mortal el haber de sufrir dolor, no quita para que, cuando el dolor se apodera de nosotros, sea cuando más deseemos estar muertos. Y no son raros los casos –hace no tanto saltó uno muy notorio de una mujer francesa- en que quienes se ven condenados a un dolor que carece de alivio, decidan quitarse la vida. De ahí que, a mi juicio, el dolor sea signo de vida, pero también aliento de muerte.

En cuanto a Roy, yo no tengo tan claro que clave ese hierro en su mano para sentirse vivo. Su mano se agarrota, prueba de que su organismo empieza a fallar, y tal y como yo lo veo, clava ese hierro para destensar sus nervios contraídos, para poder seguir utilizando esa mano que aún necesita. Es cierto que el dolor le muestra que aún sigue vivo, sí. Pero sólo en el momento en que su cuerpo está empezando a dejar de pertenecerle, cuando el dolor que él mismo se causa está anunciando ya su muerte inminente. Buscar el dolor para sentirse vivo no deja de ser síntoma de que uno está falto de aquello que, realmente, hace la vida habitable, vivible. Algo que mucho antes tiene que ver con el placer que con el dolor.

Le agradezco su elogio, doctor Lagarto. Pero me temo que mis pies no les llegan a los proustianos ni a la suela de sus magistrales zapatos.

¡Besos gozosos!

Antígona dijo...

Jajaja, Delirium, ahora mismo no me duele nada, aunque has acertado: este post tiene su origen en un terrible dolor de una muela de hace unos meses que me llevó a pensar después algunas cosas y a anotarlas en un papel.

Mencionas un aspecto, Delirium, que todavía no había aparecido aquí pero que me parece importante: el dolor como síntoma, como fallo del cuerpo, o también de la vida que estamos llevando, si se trata de malestares anímicos, y que nos invita a la parálisis necesaria para que el cuerpo cure, o al detenimiento de la reflexión para tratar de revisar y averiguar qué es aquello que nos hace daño o causa el malestar que sentimos. La cuestión es que no siempre nos dejan ni queremos pararnos, y entonces únicamente vemos en el dolor un engorro a maldecir una y mil veces, fundamentalmente en el físico. Del anímico, como decía Troyana, es más fácil huir poniéndose una venda sobre los ojos y tratando de enmascararlo, pese a que luego siempre termine por resurgir.

Tu comentario me ha recordado algo también importante: que el dolor es un mecanismo de protección. Si nuestro cuerpo no respondiera con dolor cuando ponemos una mano en el fuego en dos días andaríamos con el cuerpo hecho jirones y camino del otro barrio.

En cuanto al errar, sí, supongo que también el dolor podría relacionarse con el error y la equivocación, fundamentalmente en el caso de los dolores anímicos. A veces, cuando el alma duele, puede tratarse de un aviso de que en algo nos estamos equivocando y hay que alterar el rumbo tomado.

¡Un gran beso, guapa!

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Así es, Margot, el dolor tiene algo de indefinible e incuantificable precisamente por su carácter radicalmente subjetivo. Ni experimentarás tú nunca mis dolores ni yo los tuyos. Y tienes razón: es ante la experiencia del dolor cuando con mayor evidencia nos quedamos sin palabras: bien porque el dolor nos ata la lengua, bien porque sólo mediante metáforas poco precisas podemos intentar comunicar eso que, sabemos, no es del todo comunicable. Es posible que, por ello, nos sintamos tan terriblemente solos en la experiencia del dolor. Porque nadie ponerse bajo nuestra piel para acompañarnos en su experiencia.

Nuestro envoltorio es tan frágil y está tan expuesto a ser quebrado que apabulla. Pero tendemos a olvidarlo con mucha facilidad cuando todo está en su sitio y el cuerpo se queda ahí calladito como si no existiera.

¡Besos nada metafóricos!

Gato dijo...

Pues sí, cuando algo duele es cuando uno toma conciencia de la existencia del propio cuerpo.

Y de lo poco que somos, si pensamos que lo que sentimos como alma no está demostrado que exista de otra manera que unido a éstos cuerpos frágiles, máquinas complicadas en las que lo normal es que fallen una o varias piezas...

C.E.T.I.N.A. dijo...

El dolor y el placer son lo que nos convierte a los seres pluricelulares en entidades conscientes de nuestra propia existencia.

No pretendo decir con ello que el dolor o el placer sean un don divino que nos eleva a ninguna categoría superior. Que Dios libre a mi atea mente de tal aberración.

Me limito a constatar que los organismos sin terminaciones nerviosas capaces de procesar el placer o el dolor mueren sin tener ni siquiera conciencia de ello, lo que les evita tener que elaborar complicadas teorías metafísicas dificilmente comprobables.

Y si dejamos de lado la metafísica resulta que el dolor es un simple aviso del cuerpo al cerebro de que algo que no funciona como debería. Aún así hay quien acaba siendo adicto al dolor, supongo que porque en el fondo, como al replicante de Blade Runner, le hace sentirse vivo.

¿Quién no se ha tocado una parte dolorida del cuerpo, aún a sabiendas de que experimentará un dolor lacerante, simplemente para comprobar que el dolor sigue ahí? ¿O para ver si ha desaparecido? Lo mismo da. La cosa es comprobar que seguimos aquí.

Ósculos!

DELIRIUMTREMENDS dijo...

Tengo una amiga que es como si fuera sicóloga, bruja, vidente... Es hija de diplomáticos, está viajada, leidísima y tiene unas teorías un tanto especiales, pero certeras. Una vez en medio de esa vida que llevo siempre al límite por cuestiones ajenas, o desgracias de esas jodidas, me pasó algo extraño. Al bajar las escaleras, me caí desde arriba, y me jodí el culo, ya sabes, lesiones en los músculos, y el pie izqudo fatal. Al día siguiente, me quedé sin voz, no me digas porqué, y luego al otro, volví a caerme. Y mi amiga esta, la experta en mentes, me dijo: PARA. Tu cuerpo dice: para. Tu mente dice: para. Tu boca no tiene siquiera voz para denunciar el estado de tu corazón. PARA, y reflexiona, piensa, decide, quita, y continúa. Todo esto quiere decir eso: que pares.
Y la verdad, pensé que tenía bastante razón. Y vaya si la tuvo...
Así que hay que escuchar al cuerpo, muchas veces, es ese barómetro del que te hablo que dice cosas que a veces se nos pasan de largo. Y cuando me separé, igual. Todo el día de urgencias, cólicos nefríticos, muelas que se infectan, labios llenos de llagas... Pues eso, que el cuerpo es muy sabio, y un día dice basta, y eso, revisión obligatoria de interiores, allí arriba, en la azotea.
Un besazo fuerte, te juro que es que leí tu texto, y recordé tantísimo mis jornadas de dolores interminables de muelas... Que puedo jurar, que junto al cólico nefrítico, es lo peor que te puede tocar.
Delirium.

ella y su orgía dijo...

Querida Antígona, aunque este post me gusta en su conjunto, el arranque (el primer párrafo) me parece insuperable. Por desgracia, tal y como te comenta NoSurrender, el dolor es algo inherente a nuestra condición de seres vivos y humanos (algunos más que otros. Todo sea dicho). Eso sí, no le perdono que haya llamado Rutger Hauer a Roy Batty.

Besos orgiásticos

P.D.: La felicidad, o la alegría o como queramos llamarlo, también es inherente a nosotros, aunque nos cueste más creerlo.

cacho de pan dijo...

no quiero añadir palabras a las tuyas, salvo estas tres:
¡un texto espléndido!

cacho de pan dijo...

maravillosa la ilustración, lo olvidaba.
El cuadro más personal, moderno e impactante de Goya.

tan versátil como acústica dijo...

había un proverbio que decía que el dolor nos hace notar lo felices que fuimos, por lo que vale la pena. no recuerdo exacto la letra.

Antígona dijo...

Esa era la idea, Gato: que no es tanto en el placer como en el dolor cuando el estar ahí de nuestro cuerpo se nos hace más evidente, principalmente porque deja de ser algo sobre lo que nos apoyamos para llevar a cabo nuestros proyectos para convertirse en un lastre paralizante que apenas si nos deja prestar atención a ninguna otra cosa.

Eso poco que somos, ay, me temo que conforme vayan pasando los años cobraremos cada vez más conciencia de ello, dado que nuestros cuerpos tenderán cada vez a fallar más y a truncar con mayor frecuencia nuestras intenciones a fuerza de acumular teclas y teclas. Qué putada esto de tener un cuerpo que envejece, joder.

¡Un beso!

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Llevas toda la razón, C.E.T.I.N.A., sólo que, ¿no sería estupendo tener un cuerpo únicamente susceptible de placer y no de dolor? ¿No podríamos tal vez habernos elevado a la condición de seres conscientes en ausencia de dolor? Porque también tienen tales terminaciones nerviosas otros animales y sin embargo no por ello han evolucionado hasta la autoconciencia, ni consecuentemente, a la conciencia de nuestro haber de morir, que es lo que más radicalmente nos define como humanos.

El dolor tiene su sentido, sí, que es justamente ése que apuntas: servir de aviso ante un fallo del sistema, a la vez que protegerlo de aquellos agentes que lo dañan. ¿Pero no se le podría haber ocurrido al que nos creó, si es que lo hay –y no sé por qué pregunto esto cuando comparto fervientemente tu ateísmo-, dotarnos simplemente de una lucecita roja que parpadeara cuando algo va mal? ¿O de un pip-pip-pip de alerta? Porque ya es bastante, digo yo, que no tengamos más remedio que cargar con los dolores del alma como para encima sufrir los del cuerpo.

No es que confíe yo mucho en la medicina, la verdad, pero en esta precisa cuestión no me negaría a una evolución de la especie mediada por la biotecnología que supliera el dolor por esa lucecita o por ese pitido.

En cuanto a la adicción al dolor, me reitero en lo dicho a NoSurrender: algo va mal en uno mismo cuando necesita acudir al dolor para sentirse vivo. Algo así sólo puedo comprenderlo en situaciones extremas. Creo que yo más bien optaría por mirarme al espejo para saber que sigo ahí o por procurarme otro tipo de sensaciones más placenteras. Aun cuando, tal y como planteaba en el post, dado que el dolor es lo que con mayor fuerza pone de manifiesto el cuerpo que somos, entiendo también que pueda haber circunstancias en las que uno desee sentirlo con tal intensidad.

¡Un beso!

Antígona dijo...

Ahora entiendo mucho mejor, Delirium, lo que querías decir con tu anterior comentario y la verdad es que me reconozco en todo lo que cuentas. Es una experiencia que también yo he vivido: en situaciones prolongadas de estrés, empezar a sufrir mil y una dolencias, una detrás de otra, y darte cuenta de que tales dolencias no son más que una queja plenamente justificada de la máquina por forzarla más de la cuenta. La putada es que hay momentos en que a uno no se le permite parar, o uno mismo no se lo permite, y sigue avanzando a trompicones, superando mal que bien cada enfermedad, pero siendo perfectamente consciente de que necesitaría un período de reposo para que cuerpo y mente recuperaran el equilibrio perdido.

Y es que nada más cierto que el hecho de que, siendo una unidad de cuerpo y mente, todo lo positivo y negativo que vivimos afecta positiva y negativamente al cuerpo. Quien atraviesa un período de duelo es más proclive a enfermar, por ejemplo. Y también se sabe que la generación de endorfinas provocada por vivencias placenteras provoca aumenta las defensas del sistema inmunitario. De manera que no me extraña que la acumulación de tensiones, frustraciones o simplemente un malestar anímico tenga su correspondiente reflejo en el estado de nuestro cuerpo.

Esperemos que esas jornadas de dolores interminables de muelas no se repitan y mucho menos los cólicos nefríticos. Y para ello, ya sabes, a mimarse muy mucho en todos los sentidos :)

¡Un besazo!

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Supongo, Ella, que son las dos caras de una misma moneda, como planteaba C.E.T.I.N.A.: ser capaces de sentir placer sólo es posible a costa de poder sufrir dolor. No hay lo uno sin lo otro. Como no hay alegría sin tristeza, ni tensión sin calma. El juego de contrastes es necesario.

Tienes razón al decir que también la alegría y la felicidad nos son inherentes, y todavía más al afirmar que nos cueste creerlo. Tal vez porque eso que llamamos felicidad no es más que un ideal inalcanzable que nos impulsa a seguir hacia adelante. Pero poseer ese ideal ya es algo específica e intrínsecamente humano.

En cuanto a Roy Batty, yo creo que Rutger Hauer sí preferiría que le llamaran Rutger Hauer :P

¡Besos proyectados hacia el ideal!

Antígona dijo...

Gracias por tus tres palabras, Cacho. A mi cuerpo serrano le han sentado muy bien ;)

La ilustración es genial, sí. Andaba buscando otro tipo de imagen pero al toparme con ésta lo vi claro: el perro del cuadro de Goya me hizo pensar en ese animal diminuto que podemos llegar a ser cuando nos sentimos ahogados por el dolor.

¡Un beso!

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Tan versátil como acústica, no conocía el proverbio, pero si es como lo reflejas, tiene sentido. Sin embargo, me parece un proverbio bastante cruel, porque no es la felicidad pasada la que nos importa, sino la presente y la futura. O tal vez lo que el proverbio pretenda decir es que el dolor nos enseñará a valorar más el bienestar que sintamos cuando cese. Pese a que en mi opinión lo que por lo general ocurre es que, una vez cesado el dolor, tendemos a olvidarnos con excesiva rapidez de él.

¡Un beso!

Bolero dijo...

Pq el dolor y el placer se juntan?
muakkkkk

el nombre... dijo...

Cuando el dolor toma así, de esta manera nuestro cuerpo, todo el primitivismo se vuelve hacia nosotros, nos volvemos animales, sin poder pensar, ni hablar. Sólo el goce opaco del lamento nos habita.
El cuerpo, en su relación tan particular con nuestro nosotros mismos, se hace "oír" de la manera más cruel, alejándonos de la posibilidad de hacer nada más que padecer.


Excelente, como siempre, Anti!

Antígona dijo...

Uff, Bolero, que yo no soy el oráculo y no sé responder a esas preguntas ;)

En el terreno de lo anímico, la idea me resulta más familiar: no hay placer que no se duela con la posibilidad de su pérdida, no hay hallazgo afortunado que no se vea acompañado por el miedo doloroso a perderlo.

En el de lo físico, mmm, no tengo yo tan claro que exista esa alianza entre placer y dolor, al menos para una gran mayoría: la carne o duele o no, y el placer viene si acaso cuando deja de doler. Lo cual no quita, sin embargo, para que pueda haber gente a la que las sensaciones dolorosas les resulten, en determinados contextos, o bajo ciertas circunstancias, placenteras. Pero supongo que esto es ya una cuestión más complicada.

¡Un besote!

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Así es como yo lo veo, el Nombre: el cuerpo doliente se apodera de nosotros y nos reduce a la condición de animal, como si de repente no existiera nada más que esas sensaciones que nos absorben y anulan para cualquier otra cosa. Me llama sin embargo la atención que hables del “goce” opaco del lamento. ¿Se goza al lamentarse? ¿Se goza en el dolor? La misma cuestión que planteaba Bolero y que no he sabido muy bien cómo contestar. ¿Quizá el goce de la autocompasión? ¿Tal vez un cierto goce provocado por el imperativo carnal de haber de suspender todo otro pensamiento, toda otra preocupación, como imperativo que en ocasiones podría resultar en parte liberador, pese al sufrimiento que genera?

Y, en efecto, me gusta esa metáfora: el cuerpo habla, se hace oír. Desde antiguo ya se decía que el buen funcionamiento del cuerpo se atestigua en su silencio, en su no hacerse notar. Por ello creo que es en el dolor cuando realmente se revela, se pone de manifiesto, y habla, mucho más que en el placer.

¡Un beso, guapa!

luis dijo...

El dolor y el placer no se juntan. eso es un estereotipo cultural.

lo contrario del placer no es el dolor. y viceversa.

lo contrario del dolor es el no dolor. y lo contario del placer es el no placer.

es un error clásico, pero es un error moderno, hijo de la literatura romántica.

por cierto, cómo has conseguido relacionar ese pedazo de cuadro con el dolor? o no tienen relación alguna?

Antígona dijo...

No entiendo, Luis, por qué dices que es juntarse del dolor y el placer es un estereotipo cultural. ¿Acaso no son todo estereotipos culturales, dispares en función de la que cultura de la que se parta?

Los contrarios que propones son inapelables, sí. Pero, tal vez habría que definir con más exactitud qué entendemos por el no dolor y qué entendemos por el no placer. Porque tal vez la ausencia de placer pueda degenerar en algo doloroso, y la ausencia de dolor, después del momento en que éste se ha cebado en nosotros, pueda convertirse en algo extremadamente placentero. Difícil establecer dónde están los límites entre un estado y otro, aún contando con que pueda haber un estado que sería, por llamarlo de algún modo: el de la indiferencia: ni placer, ni dolor; simplemente no notar el cuerpo.

Me gustaría saber, por otro lado, por qué se trata de un error moderno, hijo de la literatura romántica.

Y en cuanto al juntarse del dolor y el placer, ¿qué diría al respecto un aficionado al sadomasoquismo? Porque tal vez para él estuviera claro que dolor y placer son una misma cosa.

En cuanto al cuadro, sí tiene relación con el post. Intento que las imágenes que elijo ilustren de alguna manera algunos de los aspectos tratados en el texto, aun cuando la relación entre ambos no sea la más evidente. En este caso, como ya le expliqué a Cacho de pan más arriba, el perro del cuadro representaría al animal diminuto mencionado en el texto en que nos convertimos cuando sobreviene el dolor, ahogado en su propio cuerpo, hundido en su materialidad física.

¡Un beso!

huelladeperro dijo...

Estooo, Antígona, sabes esto?

dr.escudero.com

Antígona dijo...

Huelladeperro, ayer no conseguía ver el enlace, ahora pruebo de nuevo y te cuento.

¡Otro beso!

Antígona dijo...

Lo acabo de mirar ahora mismo, y sí, conocía algo de esto. Mi abuelo tenía un libro precisamente escrito por un médico que hablaba de lo mismo, de las cirugías sin anestesia gracias a mecanismos de aprendizaje de control del dolor. Sorprendente, desde luego, aunque tal vez no tanto si pensamos en lo que predican y practican ciertos yoguis. Siempre se ha dicho que apenas si utilizamos una parte mínima de nuestro potencial cerebral, y supongo que es cierto. Quizá deberíamos hacer más caso a teorías como éstas, capaces de abrirnos a aspectos de nosotros mismos que desconocemos profundamente y cuyo conocimiento, sin embargo, podría beneficiarnos sobremanera.

¡Más besos!

Anónimo dijo...

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